Mónica no acostumbraba a esperar, le
molestaba y le parecía francamente desagradable. Pero esa mañana era diferente,
no esperaba a cualquiera, esperaba a su querido hermano menor.
El clima era frío y la neblina dificultaba
mucho ver a los transeúntes que bajaban y subían por el boulevard. Hacía mucho
que no experimentaba una neblina tan densa y un frío tan intenso en Caracas.
La ansiedad por el cigarrillo la obligaba a
moverse de un pie al otro, como si estuviera aguantando las ganas de orinar. Sin
embargo, no quería fumar, ya que no conocía muy bien el temperamento de su
hermano y de encontrarla fumando quizá diera vuelta sin ni siquiera asomarse. Y
no quería que se fuera; lo extrañaba mucho.
La posibilidad de encontrarse con un hombre
barbudo y fuerte le dibujó una sonrisa tímida. Lo recordaba como un niño apenas
saliendo del capullo de la infancia. Estaban por cumplirse diez años desde la
última vez que se habían visto.
Cada cierto tiempo venían grupos muy densos
de personas que lentamente se dispersaban por las calles caraqueñas y esto a
Mónica le pareció muy curioso. Luego recordó que a poco metros se encontraba la
salida del metro y entonces todo tuvo sentido.
-Señorita,
¿me puede decir la hora?-le preguntó un hombre grande de afable sonrisa.
Se quedó en una pieza ante la posibilidad de
que fuera él pero todo se diluyó cuando se volvió. No podía haber cambiado
tanto.
-Diez
y veinte-contestó con un débil hilo de voz.
-¿Disculpe?
-Diez
y veinte-repitió con un tono más firme.
El hombre le dio las gracias con un gesto y
siguió su camino.
Dentro de aquella neblina absurda empezó a
sentirse como en un sueño absurdo. Uno de esos sueños en los que nunca logras
tu objetivo. Uno de esos sueños que comienzan bien para terminar en pesadilla.
La espera había empezado hacía unas cuantas
semanas. Primero él llamó y le dijo que iría a Caracas la primera semana de
octubre por cuestiones de trabajo; Mónica recordaba levemente la palabra
conferencia. Esperaba que le propusiera que se vieran pero esto no sucedió. Llegó
la primera semana de octubre y él le comentó en una llamada que no iría, que lo
haría dentro de quince días y en ese instante le dijo:
-Si
quieres, nos podemos ver.
Mónica le contestó que sí con un agudo grito
y él río a través de la línea telefónica. Y allí estaba ella quince días
después.
Poco a poco la neblina se disipaba en el
boulevard y esto lo vio como un buen augurio, como un augurio de que ya él
llegaría. Sin embargo, el frío continuaba y tenía la piel de gallina. Su cuerpo
nunca había sido muy bueno soportando bajas temperaturas.
Para luchar contra el clima, le compró un
cafecito a una señora que los vendía en una esquina. La señora, muy diligente,
se lo sirvió en un pequeño vaso de plástico y el humo que éste desprendía le
recordó a una pequeña chimenea. Pero ante el frío, el café le sentó de
maravilla.
-¿Cuánto
es?-preguntó Mónica.
-Trescientos.
Mientras buscaba torpemente en la cartera los
trescientos bolívares, una voz clara y poco familiar le sorprendió con una
sugerencia:
-Déjeme
pagárselo.
Aunque no estaba barbudo sí era muy diferente
de cómo ella lo recordaba. Un hombre alto, mucho más que ella, delgado, pero no
de una manera que disminuyera su físico sino de una manera atlética y una
cabeza rapada que le daba autoridad por su semejanza con la de un militar, así
era su hermano menor.
Se abrazaron y ella sintió que él lo hacía
con cierta distancia, cierta frialdad. Culpó al tiempo pasado y a la tierna
edad en que se separaron y a todo lo acontecido.
-¿Y
mamá?-preguntó él con un tono neutro mientras revolvía el azúcar en su taza.
-Bien.
La última vez que la visité estaba bien.-Sonrió como si hubiera dicho un chiste
que al parecer sólo ella entendió. Le dio un primer sorbo al café y le pareció
que el de la señora de la esquina había estado mejor.
La cafetería estaba colmada de clientes
buscando algo caliente para el estomago. Al fondo se escuchaba un bullicio que
se asemejaba a un zumbido de abejas. Sinceramente el ambiente del local no le
agradaba mucho. No acostumbraba a frecuentar sitios de ese estilo.
-Esto
no es fácil, Mónica. Tienes que entenderlo.-Lo dijo rápidamente como si hubiera
tenido años queriendo hacerlo.
-Lo
sé-le contestó lenta y dolorosamente. Sintió como si su hermano habría acabado
de introducir el dedo en una vieja herida que ambos compartían.
Él le dio otro sorbo al café y ella advirtió
que su rostro no transmitía emociones. Su boca hizo el movimiento inicial para
pedirle perdón pero se contuvo, no era su tarea hacerlo. En su lugar, dijo:
-¿Y
qué vamos a hacer hoy? Pensé que te gustaría ir al parque del este. Siempre te
gusto ir-dijo sonriente como tratando de convencerse a sí misma que él no había
dicho nada. Observó como él se revolvió en la silla y pasó ambas manos sobre su
cabeza. No supo qué significaba aquel gesto. Con tristeza entendió lo poco que
lo conocía; se empezaba a dibujar como un desconocido para Mónica.
Afuera ya la neblina era cosa del pasado
gracias a la llegada del sol de mediodía. Con esto, las calles de Sabana Grande
empezaban a vibrar a su cotidiano ritmo. Sin embargo, el frío no dejaba de
cesar totalmente y aún se podían observar personas abrigadas en demasía
soplando las palmas de sus manos para generar un poco de calor con su aliento.
-No
sé. No me parece buena idea. Ese lugar me trae malos recuerdos.
Hubo un momento de silencio en el cual ella
jamás se había sentido tan lejos de su hermano. Ni siquiera la observaba, se
dedicaba a mirar hacia fuera con unos ojos tímidos que Mónica poco pudo
descifrar.
No sabía que decirle y sentía que un nudo en
la garganta se acrecentaba a cada segundo. Empezó a creer que su hermano no era
la persona que ella imaginaba, era como si hubiera mutado en otra cosa en el
transcurso de los años. Siempre creyó que sería un hombre alegre y abierto tal
y como era en su infancia. Pero aquel niño no tenía la complejidad de
sentimientos que los hombres cargan a cuestas.
-¿Por
qué no hiciste nada? ¿Por qué dejaste que todo aquello pasara? ¿Por qué,
Mónica? ¿Por qué?-preguntó apresuradamente con los codos sobre la mesa y la
frente apoyada en sus manos. Hacía mucho que no tocaba el café.
Mónica se quedó muda. Finalmente dijo con un
hilillo de voz apenas perceptible:
-No
pude hacer nada. -Sabía que la respuesta era muy tonta pero fue lo único que se
le ocurrió decir-. Era apenas una niña-completó.
-¿Apenas
una niña? Tenías dieciséis años. No eras ninguna niña, Mónica. Podías haberme
ayudado.
Dolorosamente entendió que aquella reunión no
era una cálida reunión familiar, era una desagradable cita para reclamar un
pasado triste y reciente. Lo que no
entendía era por qué le reclamaba a ella y no a mamá.
-No
es a mí a la que tienes que tratar así. Mamá es la responsable de todo.
-Yo
sé que ella es la responsable de todo. ¿Me crees tan tonto? Sólo que de ella
nunca he esperado nada bueno. De ti, sí. Siempre lo hice. Hasta aquel día.
Él no había levantado los codos de la mesa.
Mantenía la mirada fija en Mónica. Ella guardaba silencio.
Jamás pensó que su hermanito le guardara
rencor y el descubrimiento la hacía sufrir en lo más hondo de su ser. Su vida
siempre había girado en torno a él, a su única verdadera familia. Ahora sentía
una soledad gigantesca que le abarcaba el cuerpo entero como si de un repentino
virus se tratara.
-Creo
que lo mejor es que me vaya-dijo Mónica con un rostro visiblemente afectado
mientras recogía su bolso y abrigo.
-No
quiero que te vayas. Quiero que me respondas.
-Ya
te respondí.
Empezó a caminar hacia la puerta y sintió
como si sus piernas fallasen y no quisieran funcionar. Esperaba que él la
llamara y se disculpase por su actitud pero aquello no sucedió ese día ni
ningún otro. Muy dentro de sí sospechó que ese día sería el último día que
vería a su hermano. Y no se equivocó.
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