Aunque él no lo creía, estaba preso. Y es que todo había sido tan rápido que su cerebro aún intentaba asimilar, digerir.
Lo habían cogido con un poco más de lo que la ley permitía para uso personal. Nunca había sido bueno con los números y hoy aquello le pasaba factura.¿Cómo sabría que cinco jabones excedía el monto permitido para una persona?
Por ser un delito más político que común era muy difícil que saliera de aquello en poco tiempo. Su abogado lo vio directamente a los ojos y con tristeza le dijo:
-No creo que salgas mañana o pasado.
A pesar de todo, sentía la necesidad de luchar; así fuera contra un sistema.
Su lucha empezó enviando tres cartas clandestinas a tres afamados periodistas que al igual que él no estaban de acuerdo con lo que sus dirigentes hacían. Sólo uno se atrevió a realizar un muy corto y superficial reportaje. Éste era vacío en detalles e incluso insinuaba la torpeza del muchacho por no sacar bien la cuenta de que cinco jabones excedían los 200 gramos reglamentados en la ley. Lo hacía ver como un tonto que quería mucho jabón.
Los días pasaban y desde su celda escuchaba los ruidos de la calle: las habladurías, los motores, las aves, las groserías; todo seguía adelante, nadie se preocupaba por vivir en un país donde la gente estaba presa por comprar jabón de más y no por robar o asesinar. Muchas veces se afligía por el repentino sentimiento de abandono, por sentirse solo contra un mundo despiadado que miraba a otra parte.
Su siguiente movimiento fue uno arriesgado. Le pidió a su madre, la única persona que religiosamente lo visitaba que introdujera en el edificio un papel en blanco y un marcador negro. El plan era escribir un mensaje y salir con éste al patio de visitas la semana siguiente. El mensaje era muy simple: YO NO SOY UN DELINCUENTE.
Cada patada que recibía le dolía en el alma pero también le sabía a gloria. Sentía que por un momento había sido capaz de derrotar al sistema, de ponerlo en ridículo. Amargamente comprobó que las instituciones no son indestructibles.
Por la gracia del mensaje lo metieron siete días en el calabozo. Era una celda muy pequeña, con poca ventilación y completamente oscura. Ahí pensó en todo lo bueno de su vida: su madre y su perro. También especuló con la posibilidad de salir antes de diciembre, pero aquello era tan difícil que lo borró velozmente de su mente. No la pondrían tan fácil.
Al salir del calabozo se asombró por el peso que un ser humano puede perder en tan sólo siete días. El pantalón le bailaba y la franela parecía más bata que otra cosa. Pudo contar todas sus costillas y aquello le causó una risa nerviosa, como la de un soldado que se sabe perdido en batalla. Al verlo tan disminuido su madre rompió en un llanto lleno de rabia e impotencia; era como un grito ahogado.
Lo cambiaron a una celda mucho más pequeña, aislada del resto. Se sentía como el mala conducta, el malo más malo de la penitenciaria. Empezaron a reducirle los alimentos y su cuerpo poco a poco empezó a cambiar.
Siempre había comido poco gracias a la escasez, pero lo que ahora comía se parecía más al bocadillo que le das a un animal indefenso que a una ración decente para un adulto. La piel le empezó a colgar de los brazos y sus músculos ya eran recuerdo; sólo podía sentir sus huesos. Todo el día pensaba en comida.
Debido a su aspecto y debilidad los directivos de la penitenciaria decidieron no sacarlo al patio, mucho menos el día de visitas. A su madre se lo negaban constantemente, le decían que eran nuevas políticas.
Muchas veces, al escuchar los lejanos sonidos de la calle, creía estar afuera. Un día creyó estar en una playa de arena blanca y que el sol le daba justo en la cara. No había nadie en la playa, sólo el rítmico sonido de las olas; casi podía sentir el calor en su cuerpo.
Entre sueño y sueño poco recordaba de su encarcelamiento y sus razones. Sólo se dejaba llevar por los recuerdos revividos. Las horas no eran horas, el tiempo se deformaba en su mente y ni siquiera lo notaba.
Lentamente los sueños se fueron borrando junto a su cuerpo. Lentamente camino hacia la libertad.
Siempre había comido poco gracias a la escasez, pero lo que ahora comía se parecía más al bocadillo que le das a un animal indefenso que a una ración decente para un adulto. La piel le empezó a colgar de los brazos y sus músculos ya eran recuerdo; sólo podía sentir sus huesos. Todo el día pensaba en comida.
Debido a su aspecto y debilidad los directivos de la penitenciaria decidieron no sacarlo al patio, mucho menos el día de visitas. A su madre se lo negaban constantemente, le decían que eran nuevas políticas.
Muchas veces, al escuchar los lejanos sonidos de la calle, creía estar afuera. Un día creyó estar en una playa de arena blanca y que el sol le daba justo en la cara. No había nadie en la playa, sólo el rítmico sonido de las olas; casi podía sentir el calor en su cuerpo.
Entre sueño y sueño poco recordaba de su encarcelamiento y sus razones. Sólo se dejaba llevar por los recuerdos revividos. Las horas no eran horas, el tiempo se deformaba en su mente y ni siquiera lo notaba.
Lentamente los sueños se fueron borrando junto a su cuerpo. Lentamente camino hacia la libertad.